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Historia de Leyre
- Siglos XII-XIX |
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| El año 1076 tuvo lugar la trágica muerte de Don Sancho de Peñalén. En la rápida regata que hacen los reyes de Castilla y Aragón para sucederle en el trono de Navarra, vence el de Aragón con Sancho Ramírez y se inicia un período de cincuenta y ocho años, que durará hasta 1134. |
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No puede decirse sistemáticamente que los monarcas aragoneses
se mostrasen hostiles a Leyre. A través de las colecciones
documentales aparecen generosos, como los reyes anteriores.
Pero es en este tiempo cuando se cruza de por medio un grave
problema de jurisdicción. Sobre este problema versará
el pleito que durará cerca de un siglo. ¿Leyre,
está o no está sometido al obispo de Pamplona?
Cuando se inicia la disputa, el obispo comienza ganando todas
las batallas. En 4 de mayo de 1100 el papa Pascual II dicta
una Bula en la que somete a Pamplona todas las iglesias de
la diócesis, entre las que expresamente se citan Leyre
e Irache. Pero faltan aún treinta años para
la sentencia definitiva. Treinta años de enorme esfuerzo
para el monasterio, falta de paz y serenidad conventuales,
grandes gastos para su erario, hasta que al fin pierde su
presunta exención canónica, que parecía
la razón de ser de su existencia. |
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El monasterio sale muy quebrantado de este largo pleito. Estamos
en los umbrales del siglo XIII, reina en Navarra Sancho el
Fuerte (1194-1234). Las noticias que tenemos de Leyre a todo
lo largo de este siglo no son brillantes. Las referencias
principales son de litigios. Se advierten síntomas
de una arbitrariedad y falta de observancia, que fue luego
creciendo al paso de los años.
En 1237 rige el monasterio el abad Domingo de Mendavia, a
quien en el estado actual de las investigaciones se debe atribuir
la primera idea de un cambio de comunidad en Leyre. Se sienta
en el trono de Navarra una nueva dinastía: la de Champaña
con Teobaldo I. Un rey francés, influido sin duda por
las corrientes monásticas de su tierra en las que a
la decadencia benedictina de Cluny sucede el momento más
brillante de los monjes cistercienses.
Fray Domingo de Mendavia denuncia vigorosamente la falta de
disciplina y observancia de su propio monasterio. Su requisitoria
la elevó al mismo papa e hizo una visita a Roma. Hay
sin embargo algo confuso y turbio en el fondo de este asunto.
El de Mendavia había prometido por escrito a Teobaldo
I mil maravedís de oro si el monasterio se incorporaba
al Cister.
El Capítulo General de la Provincia Tarraconense de
San Benito acudió, sin éxito, ante Teobaldo
I. La oposición tomó cuerpo dentro de los muros
de Leyre. Hubo nombramiento de visitadores apostólicos
y éstos decidieron que era imposible la reforma dentro
de la Orden benedictina, por lo que en 1239 se dictó
sentencia definitiva incorporando a Leyre en el organismo
de la Orden cisterciense.
Fue difícil ejecutar esta sentencia. Hasta 1307, es
decir, hasta setenta años después de la iniciación
de la reforma postulada por Domingo de Mendavia, no alcanzaron
los blancos la quieta y pacífica posesión de
Leyre. Durante este tiempo, a lo largo del siglo XIII y también
en los comienzos del XIV se sucedieron las tristes y escandalosas
luchas de monjes blancos y de monjes negros. |
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Pasemos siquiera sea por un momento del campo rudo de la historia
al más suave de la leyenda. En esos duros tiempos debió
ser cuando volvió a Leyre nuestro famoso San Virila.
En la más encantadora de las leyendas de Leyre, que
es la de San Virila, nos cuentan que este santo abad pasó
trescientos años en los repliegues de la Sierra de
Errando oyendo a un pájaro que cantaba en el bosque,
y cuando despertó de su sueño místico
y bajó a Leyre, se encontró que los monjes habían
cambiado de hábito. Vestían ahora de blanco.
En su inocencia no se enteró de los lamentables espectáculos
de las luchas del siglo XIII. Es una versión local
de la gran leyenda del ermitaño que pidió a
Dios le diese a conocer lo que es la visión beatífica
y cómo pasa el tiempo en Su presencia. Como era santo,
Dios le premió con ese canto del pájaro que
duró tres siglos.
Además, aquí en Leyre, la historia de San Virila
no es una pura leyenda. Es un hecho cierto que Viril o Virila
fue abad de Leyre, y se dice en tradición remotísima
que nació en el vecino pueblo de Tiermas. Hay un documento
del año 928 en el que comparece el abad Virila. Se
puede asimismo acreditar su culto desde los días de
Sancho el Mayor. Un paquete de ocho diplomas del siglo Xl
nos muestra a San Virila asociado con las Santas Mártires.
El calendario cisterciense de Leyre le incluía entre
los santos auténticos. Sus reliquias, después
de varias vicisitudes en los azarosos días del siglo
XIX. se encuentran ahora, de nuevo en su monasterio. Incluso
en el monte, en uno de los más bellos parajes de la
Sierra, se muestra. tan visitada de montañeros y excursionistas,
la “fuente de San Virila”. Un lugar en el que
mana una fina corriente de agua a la que hoy mismo van los
pájaros con alegre y animadisíma complacencia. |
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Cuando los religiosos cistercienses se hacen cargo de Leyre,
su historia adopta un tono menor. No trasciende ya en la historia
general del reino de Navarra.
Al principio el monasterio no es más que una filial
del de La Oliva. Así lo decretó el Capitulo
General del Cister reunido en 1269, y por entonces figura
un mismo abad, Fr. Raimundo de Bearne, al frente de ambos
monasterios. Muy pronto, a tenor de los documentos de la época,
Leyre dispone de abades propios, que, por sus patronímicos,
se ve que son nativos del país. La gran nave gótica
de la iglesia puso el sello de su incorporación al
Cister. Los cistercienses fueron unos magníficos arquitectos
y constructores. Han dejado en Navarra tres monumentos eminentes
de su estilo propio: las iglesias de La Oliva, Fitero e Iranzu.
No desmerece ante ellas el gótico de Leyre, con una
bellísima bóveda de la nave, que ha sido calificada
como la mejor de Navarra. |
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Como achaque general en la época, la situación
interna de los monasterios dejaba bastante que desear, De
un informe del 8 de enero de 1569, deducimos que Leyre tenía
a la sazón una renta anual de 3.000 ducados, cantidad
importante sí se tiene en cuenta que la comunidad se
componía de diez religiosos y algunos hermanos, pero
con una vida intelectual muy pobre.
“No se ha entendido hasta agora -dice el informe
del Virrey- que en estos monasterios
haya habido monjes letrados, ni que se haya ejercitado en
letras alguno de ellos”. Las Cortes de Navarra
reunidas en Tudela en 1583 pidieron que los monjes fuesen
enviados a estudiar en alguna Universidad.
A corregir tal estado de cosas vino la incorporación
de Leyre con los demás monasterios navarros a la Congregación
Cisterciense de la Corona de Aragón. Se constituyó
el 18 de abril de 1610. |
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| Obras del nuevo monasterio |
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| El viejo monasterio, con antigüedad cuando menos del siglo
X, amenazaba ruina, y los monjes, después de alguna
tentativa de reconstrucción, decidieron levantar uno
nuevo independiente del anterior. El antiguo estaba orientado
hacia la Sierra, hacia el Norte. Se construía ahora
el nuevo hacia el mediodía, sobre el valle del Aragón.
Es el mismo emplazamiento en el que hoy reside la comunidad.
Por su estilo y circunstancias de su construcción,
hace honor a quienes lo proyectaron y levantaron. Se apoya
en el muro Sur del templo y tiene un frente de 53 metros con
una profundidad de 46. Sobre la planta baja se alzan cuatro
pisos. Es de estilo aragonés, los tres primeros pisos
de piedra, cortada en hermosos y regulares sillares, y el
último piso en ladrillo pálido, con una serie
de arcadas en las que alternan las abiertas y las ciegas.
Un gran alero, muy volado, de fuerte talla debida a la mano
de Tomás de Gaztelu, vecino de Lumbier, corona la construcción
y le presta un aire de noble y serena monumentalidad. La obra
del nuevo monasterio fue lenta, desde 1562 a 1640. |
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La Congregación Aragonesa-Navarra del Cister elevó
el nivel intelectual de sus monjes. A Leyre le correspondía
enviar anualmente tres de ellos a los Colegios de Estudios
Superiores de la Congregación. Al propio tiempo las
reuniones asiduas del Capítulo General y las visitas
canónicas hicieron que resurgiese la vida espiritual
en los dos últimos siglos de pervivencia de la comunidad
cisterciense. Cinco abades de Leyre fueron Vicarios Generales
de la Congregación. También se cuidó
la biblioteca aunque el número de volúmenes
no fue grande; sin embargo se percibe el gusto por los libros,
la afición constante a descubrir viejos textos y a
incorporar las novedades que se publicaban, los temas propios
de la época, que era de curiosidad cultural, con la
lógica preferencia por los asuntos religiosos e históricos.
Había más libros en Leyre que correspondían
a la sección de manuscritos. Una Biblia que llamaban
antiquísima, el famoso Libro de la Regla y el obituario,
los breviarios monásticos y una importante Crónica
latina de San Salvador de Leyre, que hoy está en el
Archivo de Navarra. |
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En los comienzos del siglo XIX, por tres veces hubieron de
abandonar el monasterio los monjes de Leyre: en 1809, 1820
y 1836. De las dos primeras salidas, pudieron volver. La tercera
supuso la interrupción de la vida monástica
durante ciento dieciocho años. Ya en la dispersión
de 1820 los daños que se produjeron eran incalculables.
De entonces data la incautación del Archivo y de la
biblioteca. Salen de Leyre las reliquias de San Virila, depositadas
en Tiermas, y las de las Santas Vírgenes, que de momento
quedaron en Santiago de Sangüesa. Finalmente el día
16 de febrero de 1836 se cerraron a la vida monástica
las puertas de Leyre. La comunidad disuelta estaba formada
por once sacerdotes, dos estudiantes coristas y cinco hermanos.
Vino entonces la fase del saqueo, más o menos legal,
pero completo, y luego largos años de ruina y desolación.
El monasterio viejo se acabó de hundir por completo
y el nuevo comenzó a caerse. Resistía, firme
en su fe la construcción medieval. Al cabo de unos
años, muy en el ambiente romántico de la época,
algunas voces emocionadas y nostálgicas se hicieron
oír en torno a las ruinas venerables. Los caballeros
de la Comisión de Monumentos consiguieron que en 1867
Leyre fuese declarado Monumento Nacional y obtenían
algunos créditos para las más perentorias obras
de conservación. Dos sacerdotes, Don Hermenegildo y
Don José Oyaga, merecen ser citados entre los promotores
del resurgir de Leyre. Por gestiones del primero de ellos,
en 1875 se llegó a reconciliar el templo y celebrar,
en medio del entusiasmo de muchísimos asistentes, unas
solemnes ceremonias religiosas.
Años después, el 8 de julio de 1915, otra reunión
en Leyre, del más alto sentido patriótico, marca
un jalón importante en el movimiento espiritual que
culminó en la restauración de nuestro monasterio.
En ese día volvieron a Leyre los restos de los Reyes,
que en los días de la Desamortización habían
sido llevados a la parroquia de Yesa. Un público numerosísimo,
Misa de pontifical celebrada por el obispo de Pamplona, y
como remate, un importante discurso de Don Juan Vázquez
de Mella, el gran tribuno de la Tradición, en el que
dijo entre otras cosas: “Se
dice que este monasterio es el Escorial del Reino; pero es
más que el Escorial, porque no sólo fue monasterio
y convento, sino el asiento de la realeza navarra. Era sede
episcopal y alcázar regio, sala de Cortes y Concilios,
faro luminoso de la cultura patria”. |
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