 |
 |
La vida monástica - Una vida de oración |
 |
|
 |
 |
 |
Para el monje, la oración
será a lo largo de su vida el ejercicio de su busca y de su encuentro
con Dios.
Oración, a ser posible, sin palabras.
Un estar humilde ante Dios.
Rendido a su voluntad.
Buscando en la oración su voluntad.
Pidiéndole a Dios que se haga su voluntad. Su voluntad en mí.
Su voluntad en los demás, en el mundo entero.
El hombre, el monje, se encuentra a sí mismo en la presencia de
Dios. Descubre su propia intimidad. Se realiza. Se ve en su más
completa realidad.
En esta escala está el progreso de mi vida espiritual.
Nada vale si no se traduce en mi diaria conversación con Dios. |
 |
|
 |
La vida de oración de los
monjes, culmina en la oración del Oficio divino y de la Sagrada
Liturgia.
Culmina. Es sin duda su expresión más alta. Es la oración
de la Iglesia.
En la oración litúrgica, el encuentro se hace más
directo, más íntimo con Cristo Jesús.
Es un error muy frecuente creer que nuestra intimidad con Cristo se mide
en la escala de nuestros afectos sensibles.
La Liturgia es el lugar preciso en que Cristo nos busca y nos espera.
Es el gran Orante, el gran Liturgo, el gran Sacerdote.
El ciclo litúrgico sigue al año, y siempre repite, la rueda
de sus misterios.
El centro de toda la liturgia es su Sacrificio Eucarístico.
Se hace diaria la proclamación de su Palabra.
La voz de la Escritura nos habla de su Presencia eterna.
La Liturgia es la oración de su Iglesia.
Ante la grandeza del servicio a que están llamados los monjes,
el precepto es muy concreto. “Nada se
anteponga al Opus Dei, a la obra de Dios” (Reg. cap. LXIII).
Los hijos de San Benito, en su larga tradición de siglos, han respetado
fidelísimamente el precepto. El Oficio y la Liturgia son el centro
de la vida benedictina. Todo el honor, toda la belleza, todo el fervor
y toda la perfección, se concentran sobre el Opus Dei. Vivir la
Liturgia y para la Liturgia. En el canto, en el estudio, en la pastoral. |
 |
|
 |
La caridad del amor de Dios, es
el centro de la vida religiosa. No hay vida religiosa sin caridad. Pero
además, sin caridad, aquí en el monasterio, la vida religiosa
sería insufrible.
Venimos al monasterio con el propósito básico de crecer
en la caridad. Que la caridad crezca en nosotros.
Si la caridad no crece algo en mí cada día, he perdido ese
día.
Y a la larga se frustra mi vida religiosa. Una vida inútil. Ningún
provecho saco. “No soy sino un bronce resonante o un címbalo
estruendoso” (1Co 13,1). Eso, sí es que meto algún
ruido.
Pero el amor de Dios no está sólo en las palabras. Tiene
su contraste todos los días. Sobre todo en una vida conventual.
“Este es el celo que con ferventísimo
amor ejercitarán los monjes, es decir: que se prevengan unos a
otros con honores; súfranse pacientísimamente los defectos
del alma y cuerpo; préstense a porfía obediencia mutua;
ninguno busque su propia utilidad, sino más bien la del otro; tribútense
una casta caridad fraterna” (Reg. cap. LXXII). |
 |
|
 |
La vida del monje no puede menos
de ser mortificada.
Busca a Cristo, busca a Dios por Cristo, e indefectiblemente se encuentra
con la Pasión de Cristo.
Un programa muy concreto de sufrimientos, injurias, abandonos y muerte
infamante.
Así es como el monje limpia y depura su alma en el sacrificio y
en la mortificación.
Pero la Regla benedictina prefiere siempre los motivos del ascetismo interior
a las asperezas de la austeridad corporal: “Si eres siervo de Dios,
que te ate la cadena de Cristo y no una cadena de hierro” (San Gregorio
Diálogos III, 16).
Así hablo San Benito al ermitaño que se había encadenado
a un roca.
La gran mortificación de la regla es la renuncia voluntaria a la
propia voluntad.
El fundamento de la vocación benedictina.
“Quienquiera que seas, que renunciando
a tus propias voluntades, dispuesto a militar bajo el rey verdadero, el
Señor Cristo, tomas las brillantes y fortísimas armas de
la obediencia” (Reg. Prólogo). |
 |
|
 |
La armonía de la vida benedictina
está conseguida por la perfecta distribución del tiempo
en el monasterio.
El Oficio divino, con su escalonamiento en las horas canónicas,
y el descanso siempre necesario, se ven compensados y equilibrados por
el trabajo manual y la lectio divina.
En esta distribución del tiempo la lectio divina viene a ser como
el lubricante de la tarea del monje. Participa de la oración y
participa del trabajo. Rompe la monotonía del Opus Dei y la dureza
del trabajo manual.
Y tiene también lo suyo de descanso. Momento de reposo y quietud
para el espíritu.
La lectura se hará gustosa y profunda. Con amor y con pasión.
Pero orientada a un nivel teologal. Que mueva la fe, la caridad y la esperanza.
Por aquí es el paso inmediato a la oración. Un itinerario
muy conocido: lectio-meditatio-oratio. |
 |
|
 |
La vida monástica es una
vida de trabajo, porque es y debe ser vida de pobre.
De unos hombres que por motivos sobrenaturales abrazan la pobreza. Que
la hacen elemento esencial de su vida. Que tienen que trabajar para ganarse
su vida y la de los suyos.
No nos hacemos pobres por moda o estética. Ni por humanitarismo.
Ni aún siquiera por caridad hacia los pobres.
Nos hacemos pobres porque no queremos que las riquezas, los bienes materiales,
las cosas, se interpongan en nuestra marcha hacia Dios. No queremos que
nuestro afecto las convierta en ídolos.
Y consecuencia de esta pobreza es la necesidad de trabajar.
El trabajo monástico es el factor que más contribuye al
equilibrio de la vida benedictina. |
 |
|
 |
El monje tiene algunas formas
de apostolado muy típicas.
La dirección espiritual, la instrucción litúrgica.
Toda una amplísima gama de tarea intelectual derivada de la lectio
divina. La difusión de su propia espiritualidad, tan saludable
para el mundo moderno. Abrir el monasterio a cuantos quieren rezar la
gran oración colectiva de la Iglesia. A quienes buscan un ambiente
de serenidad y paz para su alma. |
 |
|
 |
La vida benedictina no es otra
cosa que un simple y limpio ideal de vida cristiana. De una vida cristiana
depurada. Reducida a lo esencial. Centrada en la oración. Hecho
toda ella armonía y sencillez.
De ahí que a lo largo de los siglos su lema haya sido: PAX.
Lleva la paz a las almas.
En una constante comunión litúrgica, sacramental y sobre
todo eucarística con Cristo. Viviendo su misterio pascual.
“Porque Él es nuestra paz”
(Ef 2,14).
Y la paz de Cristo, rebosante de caridad, saldrá más allá
de los claustros y de las cercas del monasterio.
Esta paz más que nunca necesaria en un mundo de hombres divididos
y de almas partidas.
“¡Si conocieses tú también
en este día lo que lleva a la paz!” (Lc 19,42).
Si supieses dónde está la verdadera paz.
Tú que sientes cómo te muerde el desasosiego interior.
Tú que has advertido ahí en el fondo de tu alma la nostalgia
de Dios.
Tú que en tu mejor deseo sólo puedes ofrecer a Dios el sacrificio
de una vida agitada y angustiada. |
 |
|
|
 |